


Terrorífico es que otorguemos al Estado el poder de acabar con una vida, más terrorífico aún es que acabe con la de inocentes.
En 1991, Cameron Todd Willingham vivía con su esposa Stacy y sus hijos, Amber, de dos años, y los gemelos Kameron y Karmon, de uno, en Corsicana, Dallas. El 23 de diciembre de ese año, su casa se incendió, con sus tres hijos dentro. Murieron intoxicados, luego carbonizados. Las primeras investigaciones lo inculparon. Lo condenaron a la pena de muerte por haber provocado el incendio. El 17 de febrero de 2004 fue ejecutado con inyección letal. Sus últimas palabras fueron: “Si. La única declaración que quiero hacer es que soy un hombre inocente, convicto de un crimen que no cometí. He sido perseguido por 12 años por algo que no hice. Del polvo de Dios vine y al polvo regresaré, así, la Tierra será mi trono. Tengo que irme, perro del camino. Te amo Gabby. (El fragmento restante de la declaración se omitió por blasfemia).”
El pasado 6 de septiembre varios medios publicaron que tras una investigación exhaustiva de expertos en incendios se concluye y reconoce de manera oficial que era inocente. El incendio fue un accidente, su muerte un terrible error.
Si esto sucede en el país de las leyes y los impuestos, ¿qué nos esperamos en México, nación de la gandallez y el uste’ disculpe?













